Pregón Manuel Lozano Hernández de Ávila

Pregón de Glorias de 1973

Pregón Manuel Lozano Hernández de Ávila

Pronunciado el 12 de Mayo de 1973 en el Divino Salvador.

Dios te Salve, Virgen María, Gloria de Sevilla. Madre de la Iglesia, honra de nuestro pueblo, alegría de nuestra sangre. Luz de esta tierra. Cielo de nuestro cielo. Alba de Dios… Estremecidamente te quiero cantar por mi sangre y bañado por el relente de tu llama, danos tu gloria y nuestro entusiasmo de amor. Para orientar nuestra vida en un compromiso de verdad, de comprensión y justicia, ejercida cristianamente por todos, pero nunca reclamada.

Dios te Salve, Virgen María, alegría de nuestra devoción. Agua donde las almas se miran y manantial y fuente y río iluminado.

Puente de plegarias, misericordiando, salvando de orilla a orilla los pecados del mundo y rogando a tu Hijo perdonando.

Corriente de luz, de amor, de sangre ofrecida y convertida en vino y en sangre por el mundo, por los siglos y por amor.

Y ahora y siempre por los siglos de los siglos. Ahora, Madre Conciliar y universal, católicamente proclamada y dignificada.

Ahora, brisa en la brisa. Seda suave para las heridas calientes del dolor que origina este mundo; dolor que al alma escuece y al hombre humilla.

Ahora, puerta sellada, frágil llave del cielo para el pecador.

Muro de luz, leve, inviolado, ileso.

Fronda de Dios y Gloria de Sevilla. Ahora y luego, por los siglos de los siglos.

Por tanto, sí, por eso, deseada de los ojos y sin sombra de mancha. Inmaculada.

Dios te salve, Virgen de las Aguas (que presides mi Pregón), llena eres de gracia y de historia y bendito es el fruto de tu fuente Inmaculada y Pura, tu Hijo Jesús, nuestro Maestro y hermano, que siempre, a través de los siglos, por tu mediación, remedió sevillanas calamidades visibles por las aguas, como cuando andaba por ellas y calmaba la tempestad.

Como cuando en 1332, seis siglos, el zapato de plata de Niño lo echaron a las aguas que llegaban amenazantes hasta la antigua calle de la Mar, y a su contacto las aguas cenagosas se retiraron. Y también en el día de San Andrés en 1586, en la Almenilla, o Puerta de la Barqueta, adonde fue Sevilla con una prenda de los pies de tu Niño para tocar las aguas revueltas y pacificadas después.

Dios te Salve, Virgen de las Aguas. Virgen de Mayo. Gloria de los siglos de esta Casa de Dios, concédeme tu confianza, claridad a mi fe y a los conceptos de mi intención, que para tu honra y gloria van a exponer mis palabras en este Pregón de tus Glorias, de la fe de Sevilla, de las glorias de Sevilla.

Dios te Salve, Virgen de las Aguas. Dale firmeza con tu presencia a mis palabras, porque es tu gloria, con mi entusiasmo, lo que quiero cantar.

Porque tu gloria es la nuestra. Tu honra, nuestra honra. Tu alegría, nuestra alegría. Tu mediación, nuestro Amparo. Tu Aurora, nuestro camino de Luz.

Tu Auxiliadora intercesión, Salud, que como todas las de la tierra, sufrida y humillada, herida en lo temporal, pero sublimada, tranquila en el recuerdo de los hombres, en el corazón de un barrio y eternizada en lo divino de tu Salud celestial.

Rocío de consuelo. Carmen de nuestro purgatorio. Pastora y camino en la senda de nuestras oscuridades. Auxiliadora de nuestros pecados. Amparo en las noches ocultas del alma.

Dios te Salve, María. Tu Pureza es Nieve; tu carne, Inmaculada. Por eso eres La Blanca y transparente azucena, Ingesta y Juncal del Juncal de la gracia.

Reina de Todos los Santos para nuestra protección. Alegría en nuestra vida del alma y en los caminos de nuestra devoción y tristezas. Dolores Gloriosos en nuestra muerte irremediable. Dulce Nombre para nuestras palabras. Divina Enfermera de nuestro enfermizo destino temporal en este Valle de lágrimas.

Jardín de rosas, Ave-Marías y Rosario para nuestras súplicas, atendidas y amparadas en los días de nuestros pasos y caminos.

Madre de Dios de siempre, para esta vida y la otra; donde tu cuerpo fue subido y coronado (realeza de tu sevillano agosto).

Dios te Salve, Aguas de la fuente del Salvador.

Rocío para el espejo divino de los que tienen sed de Dios, alegría de Dios, ignorancia de Dios y sentimientos de Dios; para ver y sentir Del Mar de tu gracia tu Luz, tu Antigua, nueva y eterna Corredención.

Pastora de cada flor, de cada sangre, de cada latido, de cada suspiro Del Prado y de las zarzas, donde el desconcierto de los hombres se enredan y tú salvas y amarras a tu Pilar con tus encantos, la salvación más firme y verdadera, duradera por tu Hijo Jesús.

Porque eres Esperanza y Caridad, eres Mercedes y Reina De Los Reyes de la Luz del mundo celestial, de los Reyes de la gracia, de la sangre, de la tierra, del cielo de donde cae tu Rocío para que las estrellas se hagan brillos en las mañanas del alma.

Pétalo humedecido por la penitencia. Gota reluciente del perdón de Dios por el reconocimiento del Montemayor de tu gracia y de La Sierra de nuestras culpas, acariciada por la brisa de tus Aguas. Madre de Dios de las rosas y de los nombres.

Dios te Salve, Luz y Guía, Mar de gracia, María.

Agua de gracia. Coral. Mar y gracia y río y fuente y lago tranquilo y humilde y espejo de agua del Salvador, donde el Salvador se mira todo el año, frente a frente, a tus Aguas maternales.

Dios te Salve, Virgen de las Aguas del Salvador, porque tienes frente a frente todo el año al Redentor. Redentor porque es el Señor de la Pasión, asombro del arte, amor eternizado, verdaderamente Dios-hombre con el cuerpo inclinado, perfección del martirio, luz y lirio; frente a frente a la fuente de tu gracia que por su gracia mana.

Dios te Salve, agua de pena de la Pasión.

No hay cruz sin crucifixión. Crucifixión sin muerte.

Sin muerte no hay Resurrección.

Gloria a nuestra Resurrección. A nuestra Aurora del alma.

Dios te Salve, Virgen de las Aguas, vara en flor y gracia Juncal de los cielos que ampara la tierra. Y Señora y Reina de los Reyes de todas las cosas del mundo.

Reina del cielo, del Mar, del Valle, de los Montes, de la Sierra, de los ríos, de la sangre, de la vida y de la muerte.

Dios te Salve, María; Sevilla está contigo y bendita tú eres en todas las casas, en todas las calles, en todas las Iglesias, en todos los corazones, en el aire y en la historia, y bendito otra vez y siempre el fruto de tu fuente, Jesús Resucitado, motivo y eje de nuestra gloria, entusiasmo y amor por ti. Porque eres Corredentora con Él e intercesora y mediadora entre nosotros y Él. Y llama de blanca azucena en Pentecostés. Y alondra del sentimiento en nuestra vida.

Caricia y sol de las venas.
Aurora de los caminos.
Esperanza y vida nuestra.
Sonrisa del corazón.
Pastora, igual que Reina.
Alegría en las tristezas.
Consolación en las penas.
Pura, hermosa e Inmaculada,
más hermosa que una estrella,
que un lirio, que el sol, que el mar.
Virgen de la fe perfecta.
Virgen del amor más grande.
Virgen de bondad inmensa.
Gloria de nuestra esperanza,
de Sevilla gloria inmensa.
Virgen y Madre de Dios
y Virgen y Madre nuestra.

Excelentísimos e Ilustrísimos señores.
Consejo General de Cofradías.

Señoras y señores. Hermanos todos:

Vengo corazón atento a cantar la gloria de la gracia, del amor y la belleza, con el ansia de expresar la perfección completa de la Virgen María.

Pero tengo primero que agradecer la ocasión ésta de expresar mi fe y mi humilde sevillana a través de este Pregón que organiza la Comisión de Hermandades de Gloria del Consejo General de Cofradías a invitación del Alcalde.

Quiero agradecer por caridad este Pregón, esta pequeña gloria del pregonero elegido, sin casi méritos personales propios, sino los que quieran darme los demás. Con sinceridad lo digo y lo agradezco. Y se lo agradezco de una manera especial al Teniente de Alcalde Delegado de Fiestas Mayores, ese como Diputado Mayor de la Gracia ciudadana de Sevilla, mitad escondido en su espíritu pensativo, mitad abierto a todas las manifestaciones del espíritu del sevillano, para resaltarlo y engrandecerlo con exagerada sevillana, con la valentía que supone el riesgo, pero con la fe y la confianza que le da su amor a Sevilla y el amor de los sevillanos por Sevilla. Con esa exagerada sevillana me ha presentado; más hijas sus palabras de la bondad amistosa, de las obligaciones de su cargo; carga que obliga por el patrocinio que supone del Excmo. Ayuntamiento a este Pregón que enaltece a la Sevilla espiritual y mariana.

He dicho por caridad. Caridad es amor. Y el amor obliga al que ama. Por eso quiero agradecer vuestra presencia, desde la de la más alta Jerarquía hasta la más humilde ( y por eso valiosa para mí) presencia de todos los que me oís. Todos, hermanos en la Caridad. Y quiero destacar a mis hermanos del Consejo General, al que yo he pertenecido. Este Consejo de las Hermandades cuyo mecanismo intenso y callado, de poco efecto, sí, pero que, se quiera o no, su labor interna y su trabajar constante alimenta y sostiene el espíritu ante un pueblo y una Jerarquía, de un ser que porque lo inspira Dios es irrenunciable e imperecedero. Así es el espíritu de nuestras Hermandades de Gloria y de las de Penitencia después, porque no podemos olvidar que aquéllas fueron el origen de éstas. De Hermandades de Luz se convierten Hermandades de Sangre cuando con la Contrarreforma hubo que salir a las calles para hacer pública manifestación de Fe.

Lo que quiero decir es que hay que apretarse más por caridad verdadera. Más en verdadera Hermandad, para testimoniar más nuestra catolicidad con la caridad evangélica.

Por y para esta Iglesia de nuestra esperanza que somos todos, abierta en Sínodo.

Y nosotros (por nosotros Iglesia), las Hermandades, tomar conciencia, caridad 1973.

Hermandad con corazón abierto a todas las inquietudes humanas, a todos los suspiros suplicantes, a todos los labios con un ruego. Abiertos la Hermandad y el corazón a todos los que se le calan los huesos de injusticia, a todos los que tienen una súplica y una enfermedad para morirse, a todos los que tienen una oración de niño, una tradición de hombre y una fe para salvarse.

Abierta nuestra Hermandad a todos los que se mueven entre la incertidumbre y el desconcierto de la época, entre la crisis de Dios y entre las negaciones de muchos, que hacen florecer el brutal desconcierto de las almas de un pueblo menos ignorante que amoroso, más creyente que ignorante, más amante de Dios que fanático.

A todos los que destacan por puro desprendimiento, sin obligación, sin compromiso, por corazón, por caridad, por devoción, por alegría, por amor.

A todos los que por tener mucho se le anula la largueza, se le aumenta la vanidad, se le multiplican las palabras vacías, se le abrillanta el escaparate de su cristianismo orgulloso, que no le servirá más que para morir enterrado en la materia terrena de su dinero, sin una memoria constante que inmortalice su espíritu.

Corazón abierto de Hermandad a los que por no tener nada se desesperan, hablan, luchan sin sentido y se ahogan en su desesperación inútil y sin prójimo.

Hermandad pura y cariad pura, por la Iglesia de nuestra esperanza (abierta en Sínodo Diocesano), a la que debemos entregarnos con la colaboración de nuestras potencias, para que nuestra Iglesia sea lo que nos merecemos, lo que queremos que sea y lo que el Espíritu Santo sople con la sabiduría del Hijo y con su caridad.

Por eso quiero que mis palabras suenen a gloria; pero a gloria de la caridad. Y permitidme aquí un recuerdo para ese modelo de la caridad moderna y activa, humilde y sevillana de Fernando Martel, recientemente ido al Padre.

Seamos apóstoles de las Hermandades, sin mojigaterías; simplemente haciendo el bien y sin mirar a quién. Y haciendo nuevo en nosotros (constantemente nuevo) el antiguo y eterno Mandamiento de Dios de amor y caridad. Este: Amarás a Dios sobre todas las cosas, y como a ti, a tu prójimo. Pero como sevillanos y cofrades convendría exagerarlo y hacerlo más nuevo y más amor: A Dios sobre todas las cosas, primero. Y más que a ti, a tu prójimo. Y más que a tu prójimo, a María.

Porque amando a Dios verdaderamente vendrá el amor a María, gloria de la Iglesia, gloria de Sevilla y gloria, paz y caridad de nuestra alma.

Por eso es necesario vivir la Hermandad y ejercer la caridad apostólica. Enseñar.

Las Hermandades deben tener una catequesis para niños y hermanos; cada una en su establecimiento canónico o en su Casa de Hermandad. Las Hermandades de Gloria (pioneras en tantas cosas de la espiritualidad sevillana) han de organizar círculos de estudios para saber, para vivir nuestra fe mariana con sentimientos realistas de sinceridades espirituales; para que el olor de los claveles, el fulgor de la joyería, la plata brillante, el incienso de nuestras procesiones por el barrio o el blanco y la plata de una carreta con un Simpecado tembloroso al compás del tintineo campanil de unos bueyes, no oculte la verdad a nuestros ojos y a nuestra alma.

Sentimientos realistas de sinceridades espirituales. La plata, los claveles, la arquitectura que enmarca la ráfaga de rayos de oro de una Virgen de Gloria, entre el temblor de los guardabrisas que defienden las llamas que iluminan el rostro, la corona, el resplandor, el cetro, las flores y la belleza, el encanto de oro, los bienes del espíritu del carácter de un pueblo que quiere manifestar públicamente su fe, testimonio de su creencia y forma de expresión de un carácter.

Los bienes materiales son imprescindibles, como es imprescindible la caridad. La caridad en todo y para todos. No se puede enseñar el Padrenuestro cuando no haya pan nuestro de cada día. Pan para el cuerpo y sentir para el alma.

Bastante claro hablan los Papas acerca de esta dolencia, que retrasa el proceso de perfección moral y espiritual de muchos millones de hombres. “No sólo de pan vive el hombre”. Pero, como dijo Juan XXIII, por lo tanto el pan es necesario. Y el saber es el pan del espíritu.

Por eso debemos ser las Hermandades más realistas, conscientes y tradicionales. Para que cuando intenten, como ya están intentando en algunos lugares, arrancarnos la piel de nuestras costumbres y nuestra doctrina, no nos arranquen el alma y con ella el sentimiento.

Tenemos que ser realistas, serios y conscientes a fuerza de conocimientos, pero sabiendo e interpretando las Cartas Conciliares del Vaticano II de verdad, no como algunos, a modo personal y socialista. Con una Dirección Espiritual caritativa y comprensiva por parte de todos. Sabiendo e interpretando la doctrina de Cristo de siempre, Evangelio y Reglas de nuestras Hermandades. Sabiendo e interpretando el porqué dijo Cristo “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” se comprenderá mejor el misterio de la cruz, de la muerte y de la Resurrección como nos la transmitieron y como lo comprendieron nuestros padres y los padres de nuestros padres a través de los siglos. Y nosotros lo transmitiremos a los hijos de nuestros hijos con responsabilidad y conocimiento, porque los tiempos cambian y el materialismo moderno quiere matar a Dios y confundir al pueblo sencillo. Por eso debemos saber y aprender y convencer que Cristo es el Hijo de Dios vivo, nacido de su Madre, concebida sin Pecado Original.

Nuestras Hermandades de Gloria, raíz y fermento de nuestra mariología sevillana, tienen que resucitar con Cristo y con la alegría de María por la Resurrección. Tienen que organizar catequesis para el pueblo de enseñanza religiosa y hacer así un Evangelio vivo por su conocimiento. Tenemos que saber más para ponernos al nivel del tiempo que nos ha tocado vivir. Y cuando nos den por la calle esos papeles para que por la curiosidad entre la apostasía, como el que me dieron por la calle Betis un día de la festividad de la Inmaculada Concepción, que decía “El médico o su madre”, y narraba un cuento de guerra donde un herido moribundo llamaba a la Virgen Santísima, y uno de esos inventores de religiones a docenas que invaden nuestras calles y nuestras casas, sorprendiendo la fe infantil de unos y la inocencia religiosa de otros, le decía al soldado que lo que necesitaba no era a la Madre del médico, sino al médico mismo. Y seguía diciendo el papel: “Si usted sufriera una grave enfermedad, ¿a quién llamaría? ¿A la persona capacitada que supiera cómo tratarle, es decir, al médico, o llamaría a su Madre?”

“Naturalmente que mandaría llamar al médico”, respondía este herido del cuento callejero. Y más adelante se leía que el soldado moribundo belga –porque era belga el soldado del cuento- oyó por primera vez el mensaje sorprendente de que podría conseguir el perdón no por obra de penitencia ni rezos, porque esto no bastaría nunca para quitar el pecado, sino por fe en el Salvador, con lo cual atacaba a los Sacramentos para hacer mella en los débiles espíritus. Y también para atacar a la Virgen sigilosamente por las calles de Sevilla con un papel rosa, disfraz moderno de la serpiente que indujo a Eva al original pecado que ocasionó el martirio de la sangre de Cristo, para que su Madre, la Virgen, otra mujer, aplastara la cabeza de esta serpiente inmortal que hace todos estos papeles de las calles y de las puertas. El papel decía: “ Cuando el pecador tiene una visión del Salvador en su bondad, misericordia y amor, según nos es presentado en las páginas del Nuevo Testamento, se olvida de la Madre, que no fue más que un humilde instrumento en las manos de Dios”. Y continúa diciendo que la última referencia que tenemos de Ella en el Nuevo Testamento nos dice que estaba juntamente con los discípulos y las otras piadosas mujeres orando a Dios, sin que encuentren en el texto sagrado absolutamente nada que les permita pensar que se diese a Ella ninguna preferencia.

Pero no dice el papel que fue anunciada por el ángel para el misterio de la Encarnación. Que Cristo, aún no llegada su hora, en el Evangelio, en una ocasión, le dice a María, su Madre: “¿No ves que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre Celestial?” Sin embargo, aún no llegada su hora, es por su Madre por la que realiza el primer milagro, el del vino, con una simbología del milagro último y definitivo y constante del milagro de su sangre, misterio y eucaristía, adelantando, por el ruego de la Virgen y su mediación, los designios del Padre. Y en el Evangelio también, aunque digan que se olvida de la Madre los del cuento de la calle. También quiere Cristo que quede, como una de las grandes voces evangélicas, lo de: “Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que te alimentaron”. Y en el Calvario, que sus palabras fueron para el Padre, tiene una también para su Madre, consagrándole su maternidad al mundo y a los hombres en la persona de San Juan. Y se olvidan también los de los papelitos que Cristo no es un médico humano, sino divino; porque ningún médico (que yo sepa) resucita a los muertos, le da vista a los ciegos, hace hablar a los mudos, muere y resucita él mismo al tercer día con su poder. El milagro es de Cristo. Y se olvidan que al corazón de Cristo lo conmueve el ruego de una Madre Pura e Inmaculada, que le dio su carne y su sangre, escogida desde el principio de los tiempos por decreto de Dios trío y omnipotente.

Por eso hay que aprender a luchar y a defenderse con conocimientos, con amabilidad y con firmeza de palabras, para defendernos y defender nuestras glorias, que son nuestros sentimientos espirituales del amor de siempre, de las tantas contradicciones y desconciertos como quieren destruir las cosas que por los ojos nos entran en el alma.

Se ha llegado a decir que la pureza de María es una teoría religiosa, y la Resurrección de Cristo, un símbolo.

Sin embargo, también se ha dicho por un ateo intelectual convertido que un antídoto contra la violencia agresiva es la actitud humilde y magnánima de María, que magnifica al Señor.

María es la conciencia sobrenatural que soporta nuestra fe, que es nuestro misterio y nuestra grandeza.

Por eso, como defensa y testimonio contra los violentos dudosos que corren y desconciertan ( para poder rezar por esas almas débiles y comodonas, torcidas algunas veces, que se separaron de la Virgen Madre de Cristo y se fueron con los separados), el pueblos que afina y sabe se aferra más en María, humilde en su grandeza, como defensa y testimonio de su fe, manifestando su gozo en Semana Santa, cuando María es dolor, cuando cree que le hace más falta el acompañamiento, el consuelo, la oración y la alegría de un pueblo que se gloria en Ella. Y todo el año con sus cien advocaciones repartidas por la familia, por los barrios, por la sangre, por los campos, por los retablos del aire, por las coplas del viento, con la Virgen en procesiones de gloria y romerías, para que no muera el sentimiento espiritual y sencillo de los corazones piadosos de un pueblo que es en su raíz religioso y alegre por naturaleza, conservando la semilla mariana para que fructifique siempre allí donde se pueda perder. Y el nombre de María, que cinco letras tiene, una para cada continente de nuestro mundo terrenal, de donde es Madre de la católica por universal Iglesia, va ganando en la suerte de Dios, que en la ruleta del cielo hace girar sobre sus pies a las estrellas y a la luna ya los mundos. Que por algo dijo Ella hace veinte siglos (quieran o no quieran los incapaces de seguir y sentir una liturgia abierta a todos los horizontes del alma): “Y me llamarán bienaventurada todas las generaciones”.

María está en el principio y fin de la humana naturaleza de Cristo. En Belén y en el Calvario. Y Cristo adelanta sus milagros porque la Virgen quiso. Porque Dios la escogió de entre todas las mujeres desde el principio de las cosas para ser Concebida sin Pecado.

Y cuando Cristo quiere decir “Bienaventurados los que escuchan mi palabra”, hace primero que llamen bienaventurada a la que lo llevó en su seno. A la que le dio su carne y su sangre.

Por eso, Cristo, con el misterio de su amor, quiso dejarnos lo que más tenía de su Madre, que era su carne y su sangre. Pan y vino. Carne y pan y gracia. Sangre y vino y amor. Alimento para soñar, digno sólo para lo que el hombre tiene de ángel y de dios. Comerse el mismo Dios sacramentalmente. Real y verdaderamente.

Carne y sangre y divinidad también de Cristo. Esa carne y esa sangre que besó María, que lavó María, que lloró María.

Por eso, María participa en cualquier esfuerzo nuestro. Porque donde esté levantada nuestra cruz está Ella de pie a nuestro lado, pronta al sacrificio, para que florezca en su Hijo la Redención.

Por eso, Sevilla unió por siempre para su gloria las dos cosas de Dios más puras, más blancas, más misteriosas: la Eucaristía y la Inmaculada.

Y así le cantan desde muy antiguo en coplas los niños del Altar Mayor catedralicio sevillano, el mayor de la cristiandad: los Seises del Sacramento y de la Inmaculada, cuando le bailan a Dios en Sevilla.

Dios para darse en comida
en ese Pan celestial,
tomó la carne escogida
de María Concebida
Sin Pecado Original.

Y no nos deben extrañar los misterios en las cosas de Dios y de la Iglesia, porque más material y mundana y más nuestra es la muerte y, sin embargo, es lo más misterioso de todo. Y sólo la fe de Cristo, la esperanza nuestra en Cristo, la caridad por Cristo, nos salvan de ese misterio, de ese enigma profundo, de esa interrogación inesperada y temida, que nadie sabe cuándo, dónde ni por qué.

Sólo Cristo sabía dónde, cómo y cuándo.

Sólo Él. Por eso, sólo Él nos salva de la muerte. Nos deja en el dolor dormido, para que se deshaga el cuerpo y se purifique con tierra. Este cuerpo que es tierra para que resucite en el último día.

Pero ya sólo un cuerpo que es tierra de la tierra. No un cuerpo como el de antes de la muerte, que es tierra de pecado, carne de la muerte, carne de pecado y tierra.

Sólo Ella, Concebida sin Pecado, no se quedó en el dolor dormida para que se deshiciera su cuerpo, sino que, como en un relax divino, se quedó en el conocimiento de Dios (dormición y muerte en el de los hombres) para que Cristo la llevara en un ascensor de ángeles allí donde está su cuerpo esperando la resurrección de todas las cosas que han tenido contacto con nuestra alma. Y el alma de Sevilla, que en cada etapa de la conducta de sus seres ha ido dejando antecedentes por la actitud del pensamiento (mejor digo, del sentimiento), ha ido dejando un clima a partir del cual, por dictado del espíritu superior, unas almas se inquietan y unos espíritus hablan y sienten y se manifiestan. Así es la Sevilla de las Hermandades, con su estilo de fe y piedad dentro de la problemática de la salvación.

Porque en Sevilla sentimos
por lo mucho que creemos,
que en el momento supremo
porque supimos amar,
bajo su manto al andar,
la Virgen nos lleva el alma
y por los cielos en calma
comprendemos que morir es despertar.

Sevilla vive el gozo de María. Vive con regocijo por María. Sevilla vive a plenitud la gloria de María.

Si no, id a San Bartolomé el Domingo de Resurrección, después de la salida triunfal del Cristo Resucitado de la Salle, que abre las puertas de la primavera pascual en el aire de Sevilla, y veréis a la Virgen de la Alegría de besamanos, recibiendo con el beso la alegría de la Pascua Florida.

Desde Belén no reía
pensando en la su Pasión.

María se hizo alegría
y el dolor se le alegró.

Porque María sabía
que Cristo resucitó;
que el sol resucitaría.

Desde entonces se llamó
la Virgen de la Alegría.

Y en abril empiezan a hacerse alegría primaveral en San Juan de la Palma los cultos y romería de la Virgen de la Cabeza. Y en mayo, la Divina Pastora es María que en San Martín, en Santa Ana y Capuchinos mueven a la oración, a Comunión y a Salve. Y también María es Montemayor y cultos y romería en la iglesia de San Juan de la Palma. Y cultos la antigua de Valvanera, por San Benito, con gracia y popularidad procesionales, cuando cantaban nuestras abuelas el hecho prodigioso del muchacho que tocando la campana cayó desde la torre a la tambora de la banda de música.

De la torre más alta
de San Benito,
tocando la campana
cayó un mocito.

No tener pena
que lo salvó la Virgen
de Valvanera.

Y la Virgen de los Desamparados por San Vicente. Y procesión y cultos y alegría de ángeles en los hijos de San Juan Bosco, con María Auxiliadora en Triana y en la Trinidad. Y en mayo también es la Virgen la que preside este Pregón de las Glorias sevillanas, porque son sus glorias. Y gloria también adelantada con su procesión de gloria, con costaleros cofrades, porque a Ella la llevaron el año pasado los jóvenes de la parroquia del Salvador, del Amor y de Pasión por la gloria mañanera de su procesión tranquila, a ritmo de entusiasmo y con “levantá” a pulso, para medir los fervores de una juventud responsable de su fe y de sus tradiciones, aportando el esfuerzo físico para valorar más el espiritual. Y este año, en mayo, la Virgen de la Alegría irá por primera vez al Monumento de la Inmaculada para hacer estación, Salve y testimonio cristiano de pública fe marianista.
Y la Virgen del Prado, en el Patio de los Naranjos. Y la de la Sierra, en San Roque, con su Función Principal solemne de voces y de embajada geográfica, por su presencia de egabrenses.

Y los niños, semillero de fe, que juegan a la cruz y al “paso”, pero que entre juego y juego se meten a pensar en los misterios del Señor y en los encantos de la Virgen, al organizar con seriedad infantil y compostura de ángeles revoltosos, que juegan con la cruz, con la luz y la flor, procesiones que fructificarán después en Hermandades, en espiritualidad y salvaciones.

Y en junio, cuando un Pentecostés de entusiasmo pone calor en la sangre y devoción alegre en el corazón de las dos orillas.

En la orilla de Sevilla,
el Salvador se impacienta
y el alma se va de fiesta
entre Salves de senderos.

En la orilla de Triana
San Jacinto se compone.
Las calles se hacen mantones
entre llantos y piropos.

Sevilla se hace Triana.
Triana se hace Sevilla,
y el amor se hace campana
por virginales razones.

Aljarafe de canciones,
por donde van al Rocío
cantando los corazones.

Copla, alma y primavera
para llegar a su vera,
ante una misa cualquiera.

Es una misa cualquiera,
cualquiera y en cualquier parte.
Con sólo una diferencia.
Que se reza en un paraje
de la marisma del Almonte.
Exactamente delante
de la Virgen del Rocío,
que sabe a sol y pinares.
Oyendo flauta y tambor.
Con un cura celebrante
lleno de sol y de rezos.
Con un flamenco de sangre
que va ayudando la Misa
con dejo de soleares.

Los que la escuchan, llorando,
o cantando por un cante
que es gregoriano y flamenco.

Otros miran a la imagen
de la Virgen del Rocío;
pero todos al instante
que el sacerdote pronuncia
palabras sacramentales,
se quedan quietos y mudos
ante el milagro triunfante,
que Dios baja de los cielos
en forma blanca y brillante
y en sacramental carreta
de eucarísticas verdades.

Y la Virgen del Rocío
en ese preciso instante,
se sonríe y rocía
con gracia de suavidades.

Por lo demás, una misa
cualquiera y en cualquier parte.

Y así, Sevilla va y viene del alma a la risa. Del llanto a la contemplación. De la oración al gozo. De la seriedad por la devoción más acendrada, al regocijo más material del “pescao frito” en fraternidad multiplicadora de afectos que hace Hermandad, como los primeros cristianos se reunían a comer el pez (que era su símbolo) y el pan, haciendo y multiplicando cristianismo.

Con la misma seriedad alegre sale el Sagrado Corazón por el barrio de Nervión, ofreciendo la belleza de su corazón para gloria del hombre.

Y en julio, la capillita del puente baña su torre en el río. Flores se hacen las gentes, y la capilla corriente de la limosna para la caridad parroquial. Y la Virgen del Carmen estará en Santa Ana con sueños fluviales de marineras salvaciones. Y Carmen en Santa Catalina con entusiasmos procesionales. Y Virgen del Carmen en la Huerta de su nombre, en la Macarena, volviendo loco a todo un barrio que se adorna, se engalana e ilumina, porque la Virgen –Carmen del cielo- sale a las calles de la alegría más familiar. Y Virgen del Carmen en San Gil. Y en las gradas del Salvador. Y en la calle Calatrava. Y en la Santa Cruz del Rodeo, Carmen chiquita para el alma y el purgatorio. Y en toda Sevilla, la virgen de Julio es Carmen, para que rece y viva su amor mariano.

Y en agosto el amor será primero por Santa María la Blanca, Virgen de las Nieves preciosa. Y después, Reyes de los Sastres en San Ildefonso. Y Virgen del Mar en las Misericordias. Y en el centro histórico del espíritu de Sevilla, con su raíz amontonada en el tiempo de la devoción más pura, más antigua y más de todos los sevillanos que la sienten en la sangre; será nardo que al silencio alegra. Risa que en los ojos llora. Repique azul en la mañana para que los corazones agolpados se entusiasmen de amor sereno y oración callada.

Es la Madre que en el vértigo nos salva.

Es la aurora que en lo íntimo nos guía.

Es la espada que en la historia nos defiende.

Es la Virgen de los Reyes, que en agosto acaricia a la Giralda con su sombra y viste a la brisa de azules claridades.

La Virgen de los Reyes de mirada celeste,
Misterio del azul y la mañana,
da su gloria en plenitud de distancia
y su mirada eterna se reparte
desde Sevilla al mundo
donde un sevillano exista.

Que repique de gloria mañanera
juntándose con súplicas y llantos,
con rezos de caminos que llegaron
a través de la noche y de los pueblos.

Y todo se conmueve esa mañana
cuando da la Giralda ocho conciertos
y la Virgen asoma su infinito
temblor de palio y corazón
y sonriente cielo.

La Virgen de los Reyes sube al cielo
del corazón más puro de Sevilla
en la vuelta torera de su gracia plena
alrededor de la suerte de su Catedral prodigio.

La Virgen de los Reyes se hace alma,
vida, dulzura y corazón.

Delicada oración y llanto claro.
Nardo de madre y recuerdo vivo.
Mirada de ansiedad, luz de la ausencia.
Presencia y lejanía. Infancia de recuerdos
y muertos que se acercan.

Sevilla se hace amor, fuente de gracia.
La Virgen de los Reyes se hace vida
el 15 sevillano de todos los agostos mañaneros.

La Virgen de los Reyes es flor y alma
de Sevilla, vida, dulzura y corazón.

Y en septiembre, los Dolores gloriosos y preciosos del Cerro del Águila iluminarán un barrio que se mira en Ella. Y la Virgen del Juncal convierte al suyo en barrio de la Virgen y Sacramento. Y la Virgen de la Luz, en San Esteban, es procesión y rosa de su barrio. Y la Virgen con sus blancos virginales, en la Puerta Real, será Mercedes, con el duende pequeño de su realeza y maternidad y alegría y entusiasmo de su procesión hermosa.

Y en octubre…

Madre de Dios del Rosario,
por Triana sale y entra.

No hay calles que más contentas
se pongan con su Rosario.

Habrá “paso” y costaleros
por las calles de Sevilla
que vayan al mejor paso
que sea capaz el amor.

Pero en la Madre de Dios,
los costaleros hermanos
-con su fe de costalero-
a su enamorado anhelo
la pasean con pasión,
con una gracia suprema.

Y con qué fina intención
cuando por Triana llevan
con respeto de sagrario
a la que es su devoción;
MADRE DE DIOS DEL ROSARIO.

Y en la calle Dos de Mayo, la Virgen del Rosario llenará de alegría al barrio del Postigo y del Arenal. El barrio que más advocaciones de la Virgen tiene y mantiene en su vida y en su historia.

Y de la Macarena saldrá como ascua, como lucero encendido, con el sol de su Niño dormido y reclinado en su hombro, la Virgen del Rosario Macarena. Y la Virgen del Rosario, por los Humeros y por la calle Torneo, alienta y renace a una devoción. Y en octubre, y en San Pedro, la Virgen del Pilar más preciosa, chiquita y sevillana se hará Jubileo de Adoración al Sacramento y cultos y procesión y Rosario.

Y en noviembre…

Allá por la calle Feria
María es Reina de Santos
y un pedacito de cielo.
Qué belleza y cuánto anhelo
la perfección de su “paso”.

La que es Reina de los Santos
ilumina su candor.

Su procesión es la gloria
de la gloria en procesión,
si la gloria tiene “pasos”.

Y en el Patrocinio, el Patrocinio de Nuestra Señora, por Real Cédula de un Rey de España, es función votiva, es invocación con la insignia más primitiva procesional y mariana del Mediatriz y es imagen pequeña y preciosa, que, aparecida en el brocal de un pozo trianero, es savia espiritual mantenedora y lamparita de gloria de la Hermandad del Cachorro.

Y en la Magdalena está
el Amparo de María.

Es serena seriedad,
rosa de viva ansiedad,
Corazón de Ave-María.

Y la Virgen de la Antigua en el Salvador, con su Hermandad de jóvenes para ayuda de los conventos pobres de monjas de clausura. Jóvenes con ansias espirituales de actividades apostólicas y dirección. Y la Virgen de la Antigua de la Catedral, a la que San Fernando rezara antes de conquistar Sevilla, con su gloria hispanoamericana y su grandeza antigua en la historia espiritual de Sevilla.

Y en diciembre, la Pura y Limpia Concepción del Postigo. Hermandad vigilante y vigiladora de la tradición sevillana por el misterio inmaculado, celebrará sus cultos desde el Postigo al Convento de la Encarnación, y del Convento al Postigo, para dar a entender que el espacio pequeño de su capilla se agranda con la oración constante de todo el año. Y en la Catedral, la Novena tradicional y renovada a la Inmaculada del Cabildo Catedral y el Consejo de las de Gloria, con la participación de todo el Consejo General y todos los Hermanos Mayores de las Cofradías sevillanas. Y por diciembre también, en San Martín, la Esperanza se hace Divina Enfermera de las almas. Pero tres días antes de su festividad, los Seises habrán trazado con armónicas voces angélicas, vestidos de celeste y plata y cubiertas de plumas sus cabezas infantiles, en honor y delante del dios Eucaristía, sus danzas con palillos y coplas para alabanza y gloria de la que es gloria Inmaculada de la Catedral hispalense: La Cieguecita de Montañés.

El baile de los Seises, las coplas, los caminos romeros, las sevillanas del pueblo en alabanzas constantes y diarias a la Virgen. Los simulacros de María, con sus cien nombres distintos y repartidos por todo el alma de Sevilla, de Andalucía y de España. Las Hermandades de Gloria, origen y sentir de este alma repartida por la sangre de su historia para el sentir popular. Porque es bueno y más seguro para la vida del espíritu que la Virgen esté repartida con nombres diversos, advocaciones distintas, la misma en el espíritu de la fe, no como lucha, sino como remache del sentimiento de un pueblo que tiene que ser así, porque Dios lo ha hecho y la Virgen lo ha querido; y no como nadie quiere que sea.

Remache para su seguridad religiosa, que al fin de cuenta es vida, paz, tranquilidad y espíritu, que es lo que el mundo necesita.

Las Hermandades de Gloria, disimuladas en el paisaje de la ciudad, por lo días que separan sus festividades, cultos y acontecerse, componiendo con sus imágenes la letanía visual más hermosa que darse pueda, es fuente de fe que hay que aprovechar, alentar y resucitar para que Sevilla siga bebiendo en ella los valores espirituales del pueblo, que se ha mantenido siempre fiel a sus creencias y a su espíritu verdadero.

Conviene en esta hora de renovación de tantas cosas plantearnos redondamente, como dice Pemán, la cuestión: “¿Nos separamos o nos acercamos a toda esta extraña liturgia folklórica, o mejor, tradición de la fe?”

Hace algunos años parecía que estábamos en un franco camino de despegue. Ese camino europeizante del nuevo clero que quiere inculcar una idea de Iglesia prudente sin apenas signos externos.

No sacar procesiones para no ofender a los hermanos de las Iglesias separadas.

Atento a los protestantes, que tienen cosas aprovechables que nosotros podemos aprovechar.

Y nosotros, con nuestra riqueza espiritual de siglos, pensando que tenemos que tirar parte de nuestra alma por la ventana para no escandalizar al que está esperando esa parte del alma para recogerla y vestirla de confusiones a su favor.

Por temor al escándalo del malo, no escandalizar con el bueno, con el escándalo de Cristo por las calles de su Pasión actual. Con el júbilo de oro de la virginidad más perfecta que Dios pensó en crear: la de María su Madre.

El escándalo de Cristo, incluso ese de trompetear y redoblar los tambores por las calles. No digamos las procesiones de su Divina Majestad para visitar a los enfermos, y cortadas y mermadas en algunos lugares y sitios. El del tambor del Rocío, escándalo virginal por los campos, pienso que será mejor que las ideas de los más exaltados que creen en un vaticanismo marxista o en una marxología católica. El más mínimo resbalón en una pureza de idea nos puede poner al filo inmediato del comunismo oprimente, que quiere destruir a Dios y presentar ante el mundo a la Iglesia y a Dios como el opio del pueblo.

Si somos todo Iglesia, hablemos con la voz de la sangre, porque es la sangre la que lleva en su ser el espíritu emocional. Y hay el peligro de que si nos desangramos estemos expuestos a morir. Y si nos hacen transfusiones de otra, nos anulen el sentimiento espiritual de la emoción y se nos endurezca el corazón.

Porque para volver a ese tal silencio absoluto de sonidos, palabras y cosas exteriores, mejor que probar a oír misa como los primeros cristianos, con la prudencia de la calle, en la oscuridad de las catacumbas (sobre todo cuando no hay leones que alimentar), es mejor oír el tambor del Rocío y un olé que arranca la sangre y el entusiasmo. Es mejor ver a un crucificado por el puente, haciéndose reflejo, o a una carreta de plata en los arroyos marismeños reflejada, símbolo de los reflejos del alma. O ver a la Virgen cara al sol de la mañana, aunque lastime, porque así podemos hacernos más idea de lo que es el poder de Dios y de lo que debe lastimar el fuego de su castigo, que es el de no gozar de su luminosa y feliz presencia en los cielos.

Hermanos de Sevilla: conservemos nuestra sangre, nuestro latido y nuestro entusiasmo de amor. Porque toda la doctrina de Cristo está en el amor. Porque toda la incertidumbre del mundo es que se va perdiendo el amor. Tengamos caridad y amor de hermanos (como nos mandan las Reglas de nuestras Hermandades) y no tendremos problemas de conciencia y confusión en el corazón. Porque mirando a todas las cosas con amor y caridad se llega a la hombría más perfecta, al más perfecto signo humano de Cristo, al más perfecto sentido del amor y al más cercano lugar del corazón de la Virgen María.

Alegrémonos de nuestras tierras y de nuestras costumbres y de nuestras devociones, que son nuestras glorias. Porque aún Sevilla no es sólo rascacielos, pared cuadriculada y asfalto; también es alma. Y la Virgen María es Reina en la devoción y en la alegría. En la devoción del pueblo y en la alegría de Dios. Y es Reina en Sevilla porque antes ya fue coronada por el Padre, el Hijo y el Espíritu con la corona del poder, de la sabiduría y de la caridad. Y Ella es Reina en Sevilla de los Reyes. Y Ella es María, la más humilde, la más gloriosa, la más sevillana. Inmensamente hermosa, maravillosamente encantadora, preciosa, celestial, esperanza y vida de Sevilla, al alcance de la mano del alma y del corazón.

La Virgen tenía que haber nacido en Sevilla.

Qué aroma de rosa y risa
y qué brisa,
si en Sevilla y en septiembre.
Si Santa Ana
y en Triana
hubiera abierto a su ser
el florecido nacer de María Inmaculada.

Qué espada de agua y sol.
Qué cinta de luna y plata
el Guadalquivir sería
para la niña María.

Qué sería
si María
nacido hubiera en Triana
y en Santa Ana.

Qué campana de alegría.
Qué sevillana armonía.
Con qué orgullo rimaría
la Sevilla de María
con el suelo puro y pobre.
Con el cobre
de la gracia y la tristeza.

Sería entonces la pureza
de esta tierra noble y clara.

Sería entonces la mismísima
con razón, rezo a la rosa
tierra de María Santísima.

Qué transparencia finísima.
Y por Sevilla y Triana
qué locura de campanas,
de sangre que llora y canta,
qué letanía en la garganta
del río que llora preso.

Cuántos rezos y piropos
por el tiempo y los afanes.
Qué pureza de Don Juanes
piropeando a la gracia.

Y qué gracia por las calles
correría si María…
Si en Sevilla y en septiembre.
Si Santa Ana y en Triana,
como perfuma un clavel,
hubiera abierto a su ser
el florecido nacer
de María Inmaculada.

Sería entonces
la mismísima,
con razón, rezo a la rosa,
tierra de María Santísima.

Pero la Virgen nace en Nazaret, ciudad de Galilea. Su padre, Joaquín, natural de Nazaret. Su madre, Ana, de la ciudad de Belén. Los dos de la tribu de Judá y del linaje real de David. Joaquín, por vía de Natán, y Ana, la madre, por vía del Rey Salomón. Los dos, hijos de David.

Ana, la madre, era estéril, y a los veinte años de casada, a los ocho días de diciembre, concibió a la Virgen. Y a los nueve meses cumplidos nace en Nazaret María (Mar de Gracia), a los ocho días de septiembre y nueve días después.

A los tres años, para cumplir el voto que le habían hecho al Señor sus padres, deposítanla en el templo. Teniendo como once años mueren sus padres a los ochenta años de edad.

Siendo la Virgen ya de edad para casarse, los sacerdotes del templo le dicen que tiene que escoger marido. Y la Virgen les responde que no podía ser, porque sus padres la habían ofrecido a Dios, y Ella había hecho votos de perpetua virginidad, admirando a todos de oír cosa tan nueva.

La Virgen, confiada por un ángel, se casa a los trece años y tres meses. Dio a luz, por aquello del Arcángel (Evang. San Lucas, 2) del “Dios te Salve, llena eres de gracia, el Señor es contigo y Tú eres bendita entre todas las mujeres”, a los quince años.

Cuando su Hijo Cristo Jesús murió en la cruz tiene cuarenta y nueve años. Muere la Virgen a los veintitrés años de la Pasión de su Hijo, o sea, a los setenta y dos años y veinticuatro días de su vida terrenal.

Según Publio Lentula, un senador romano que conoció a Cristo y a su Madre y que informó al Senado cuando ocurrió por Roma la noticia de que había un hombre en la Judea a quien sus discípulos le llamaban Hijo de dios y sanaba a los enfermos, resucitaba a los muertos (no por ser médico, sino Mesías). Pues Publio Lentula, en los escritos que se han encontrado de aquel informe al Senado, después de describir a Cristo, termina diciendo: “…y finalmente hermoso en lo que puede ser un hombre y dice llamarse Jesús, hijo de María, una mujer que observada también inspira amorosa preocupación, de estatura poco más que mediana, rostro de color trigueño, cabellos rubios oscuros, ojos animados y castaños, cejas con semicírculo oscuro, nariz abierta, labios rojos, manos y dedos bien largos y, en toda la disposición del cuerpo, una forma de casta gravedad y gloriosa recomendación de modestia. Su vestido es de lana sencillo, un tanto azulado y sin afeites de ninguna clase. Hijo y Madre –finaliza el senador romano- atraen, subyugan, deleitan, y así se explica de sus seguidores que tanto se multiplican”.

El Padre Rivadeneira dice que la Virgen era de estatura mediana, de color trigueño, de cabellos rubios, los ojos vivos y la niñeta de ellos un poco colorada, las cejas arqueadas, negras y graciosas, la nariz un poco larga, labios hermosos y de mucha suavidad en el hablar, el rostro más largo que redondo, de manos y dedos largos, su aspecto grave y modesto. Los vestidos que llevaba no eran teñidos, sino de su color nativo.

Pintó San Lucas, viviendo la Virgen, algunas imágenes suyas. Una de ellas está en Roma, en Santa María la Mayor. Dice este mismo padre, y sus razones tendrá: “…en la cual se echan de ver las facciones de la Virgen y cuánto se parecía la Madre a su Hijo”.

Cristo era el Hijo de Dios. La Virgen, Madre de Cristo. Por lo tanto, Madre de Dios también. Por eso, en los libros del Antiguo Testamento vemos de forma cada vez más clara el oficio reservado a la Madre del Redentor en la salvación de los hombres. María vencerá a la serpiente. María es la Virgen que nos traerá al Salvador. Ella es la primera criatura que recibió la bendición de Dios cuando fue escogida de entre todas en el principio del tiempo.

El Génesis dice en el Cap. 3 (que lo lean y lo relean los que dudan de la misión salvífica de María):

“Entonces Yavé dijo a la serpiente:
Yo pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo;
Él te aplastará la cabeza y tú le morderás a él el calcañal.

Yavé mismo os dará, pues, una señal.
Mirad, la Virgen encinta
Da a luz un hijo
A quien Ella pondrá el nombre de Emmanuel.

Por eso Yavé los abandonará hasta el tiempo
En que dé a luz a lo que ha de dar a luz.
Entonces el resto de sus hermanos volverá
A los hijos de Israel”.

Está claro que ya en el primer libro del Antiguo Testamento se habla del papel de María en la obra salvadora de Cristo y en el de cuidar y asistir al Colegio Apostólico para que se formara la Iglesia a su alrededor. Hay un teólogo moderno que dice que “Jesús salió del sepulcro el tercer día no para consolara su Madre, Ella no lo necesitaba, estaba llena de gozo y de satisfacción (era la Virgen de la Alegría), sino para encaminar a los demás a donde María los esperaba en silencio”.

Y recordad también cómo en un momento de oración y de cansancio del Apóstol Santiago el Mayor, hermano de Juan e hijo del Zebedeo, después de haber recibido el mandamiento de Cristo de venir a predicar a España (a los hijos de Tubal, hijo de Jaset, de donde, según San Jerónimo, procedemos los españoles), en Zaragoza, estando con ocho discípulos convertidos, he aquí que viviendo todavía la Virgen, se le aparece en la orilla del Ebro y le dice: “He aquí, Santiago, hijo mío, el lugar señalado y destinado para mi honor, en el cual, por tu industria, se ha de construir una iglesia en mi memoria. Mira bien este Pilar en que estoy sentada, el cual mi Hijo y Maestro tuyo lo trajo de lo alto por manos de los ángeles, alrededor del cual colocarás el altar de la capilla. En este lugar obrará la virtud del Altísimo portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio. Y este Pilar permanecerá en este sitio hasta el fin del mundo, y nunca faltarán en esta tierra verdaderos cristianos”. Y así se levanta el primer templo a la Virgen, viviendo aún en carne mortal. Por eso, y por muchas cosas más, España será siempre gloria y honor de Cristo, de María y de su Iglesia.

Por eso España crea una fe pública y original, un estilo de la piedad hispánica que cristaliza en el culto a unos dogmas de nuestra fe. A la vista de estas creaciones se ha hablado mucho de un sentido imperial de nuestra fe y de nuestra piedad. Pero es que la Virgen es de linaje real en la tierra por vía del Rey Salomón y del Rey David. Y en el cielo, al ser coronada después de su asunción corporal por la Trinidad de Dios.

La Virgen es nuestra gloria, como es y como ha sido siempre el rezo de España, la fe de España. Caudal espiritual de siglos, guardado y alimentado por nuestros sentimientos de españoles y de sevillanos mamado a sangre y espíritu, para ponerlo a los pies de la Real presencia del Dios Eucaristía y a las plantas de la Inmaculada Reina y Señora nuestra María, cuando se tranquilicen las aguas revueltas de la Iglesia y del mundo.

Entonces, las Hermandades le podrán decir a su Pastor y guía: Aquí estamos, con nuestro espiritual tesoro de valores eternos, fundamentales e inconmovibles, con nuestros mejores deseos, con nuestra fidelidad y respeto al Papa y a los Obispos, probado en cien contradicciones y luchas, con nuestro sentido verdadero de la palabra hermano a ponernos en primera fila de la Iglesia, de Hijos de Dios y amantes de la Virgen por Cristo. Sin luchas y por amor. Con prójimo y conciencia, que es lo importante del problema de la salvación.

Porque ahora queremos luchar y no sabemos luchar.

El mundo actual nos desconcierta… y el alma se tiene que salvar por misericordia de Dios.

Pero tenemos nuestros sentimientos, costumbres y tradiciones.

Pero tenemos a la Virgen, gloria de España.

La fe de España.

El rezo de España.

España enseña a rezar al mundo, porque está bien claro que nuestra Patria, al definir con Osio el símbolo de Nicea; al lanzar a los claustros y templos de la Edad Media la Salve Regina que compusiera San Pedro de Mosonzo; al enseñar al mundo como ex-voto y trofeo de la más grande batalla naval de su Imperio el Rosario (decaído y un poco atacado, pero que ya se nota su nuevo resurgir, porque en el Rosario está nuestra fuente de alegría espiritual), el Rosario que creara el genio apostólico y litúrgico de nuestro Santo Domingo de Guzmán; al publicarse el código de gobierno de la vida interior del espíritu, que escribió Ignacio, el herido de Pamplona y anacoreta de Manresa, o al plantear, como la toma de un castillo, en la interior morada el problema místico de la santificación, como hizo Santa Teresa, la gran maestra y estratega de los combates del alma, fue España la misionera más relevante de la oración y de la meditación, que esencialmente constituye el mundo cristiano de la piedad. Y Sevilla, espíritu poético de España, primera defensora de los dogmas marianos (pero defensora hasta con la sangre), madre inmortal del arte, hizo santos y defensores que afianzaron los cimientos de su fe, elevándola y convirtiéndola en maravilla y misionera del rezo y de la contemplación.

Porque hace ya 1.686 años, las Santas Justa y Rufina, doncellas purísimas sevillanas, derramaban su sangre virginal para regar la fe de nuestro pueblo. Y San Hermenegildo paga con su vida de Príncipe su fervor de católico, aquel fervor que prendiera en su alma por la predicación San Leandro en la basílica de San Vicente, de Sevilla, el primer Seminario que se creara en el mundo cristiano, la misma predicación que años más tarde haría que su hermano, el Rey Recaredo, en Santa María de Toledo, con su Corte, obispos, próceres y señores, adjurara del arrianismo ante la presencia del arzobispo sevillano, logrando el arzobispo sevillano San Leandro, en el tercer concilio toledano, la unión espiritual y material de nuestra Patria, echando así los cimientos, de la grandeza futura del Imperio hispánico. Y San Isidoro, su hermano, que con su obra constituiría un esfuerzo titánico que no se había realizado hasta su tiempo. Y San Fernando, que, aunque no nace en Sevilla, aquí muere, afianzando con su santidad la fe del pueblo sevillano. Y San Juan de Ribera, el sevillano sabio de Dios, Patriarca de Antioquia, Arzobispo Virrey y Capitán General del Reino de Valencia, pero que su más alto honor era el de católico ferviente del Santo Sacramento. Y Fray Bartolomé de las Casas, religioso dominico sevillano, Obispo de Chiapa, en Méjico, y defensor de los indios contra los atropellos de los conquistadores, conquistándolos él para Dios con la cruz. Y el Padre Fernández de Contrera, redentor de cautivos, que se llevó casi toda su vida entre rehenes para salvar muchos cuerpos con sus almas. Y Nicolás Patricio Wiseman, que en Sevilla nace y en Inglaterra llega a ser eminente Primado y Cardenal de la Iglesia Católica, escribiendo maravillosas historias de la fe que conmueve. Y el venerable Miguel de Mañara. Y Sor Ángela de la Cruz, con su teología sevillana de la caridad. Y D. Marcelo Spínola, el arzobispo sevillano, pastor y maestro de la Eucaristía. Y el sevillano D. Manuel González, arcipreste de Huelva y obispo de los sagrarios. Y la sevillana maestra de Hornachuelos Victoria Díez, catequista sencilla de la piedad eucarística, mártir en el misterio de haberse dado toda a los demás. Y el Padre Tarín, con su ronca voz de misionero incansable. Y tantos y tantos que son su santidad y rezos consiguieron para Sevilla encadenarlas a los encantos de Dios y que el cielo se le quedara enamorado.

Y Sevilla, triunfadora por la luz y el rezo, ama a la Virgen por Cristo, con la firmeza que le da la sabiduría en la sangre de ciudad con más de tres mil años, teniendo presente en sus ojos y en su alma a Jesús y a María, lo mismo en el llanto que en la risa, que en las fiestas, que en el rezo, que en las coplas y en las cuatro estaciones, poniendo en su corazón el calor del estío, en sus cultos el perfume, la gracia y la luz de la primavera. En su desamor, el frío del invierno, para que todo sea majestuoso por amor, rico y esplendente, y en sus manos el oro y recogimiento del otoño para adornar sus devociones. Y por eso Sevilla es misionera insigne de la contemplación, porque a la vista de las imágenes y de los “pasos” procesionales que el espíritu, el duende y el arte crearan, se convierten y se conmueven las almas. Y por eso Sevilla es gloria de la Virgen. Por eso la Virgen es gloria de Sevilla.

Como gota a gota
para llenar de entusiasmo
mi expresión por ti.

Si te digo poco a poco jazmín de rezos,
rosa de amor y Madre sevillana.
De lágrimas, jazmín y amor,
azucena y manantial precioso.

Si te digo Reina de los Reyes del alma,
espíritu mismo de cada sangre
que se extiende reverente
blanco de cal al sol de Andalucía,
alegre en el azul
y sobre el dorado resplandor del trigo y el olivo
que te cerca, en ti mecido.

Si te digo flor de Dios.
Jardín que se te ofrece en cada balcón,
plazuela, en cada patio y corazón
y en cada jarra de plata, que te ofrenda la proporción
del amor de un “paso” en luz mecido y te merece
y por eso Sevilla te lo ofrece,
jardinera que te adora y enamora…

¿A qué jardín de gloria yo le invoco,
que no sea a tu imagen y candor?

Si te digo aurora de la noche rosa,
pureza pura de la brisa que eterniza
una lágrima en la calle
y por tu calle de brisa
baja al suelo y es consuelo
para nosotros y el alma…
¿A qué Semana única le invoco,
que más se sienta tu presencia y esplendor?

Si te digo, canción del día.
Sagrario de tu Hijo Eucaristía.
Gloria todo el año de las calles y de los suspiros,
de las novias, de los hombres y chiquillos.
Si te digo mujer y madre y aliento
y corazón traspasado inmaculado
y lirio atento al dolor.

Si te digo brisa del valle sevillano.
En el amor, manantial y rocío por tus ojos.
Guadalquivir puro de corriente vertical
por tus lágrimas y Turris eburnea,
Giralda viva virginal, de perlas por las mejillas.

Si te digo que tu historia, aquí se clava
y San Fernando soñaba su voluntad de piedra por ti…
¿A qué tierra de qué mundo yo le invoco?
¿A qué tierra de qué mundo no le obligo?

Si te digo brisa del campo y del monte y horizonte
de caridad y resplandor.
Si te digo consuelo del afligido
y gozo de todos los días de siempre,
del que se mira en tus ojos y te siente.
Si te digo guardadora de la sangre y de la suerte
y salvadora de la muerte.

Si te digo que te amo por tu gloria,
tu humanidad y humildad y tu historia en la sangre
de Sevilla.
Que te amo por tu llanto, por tus ojos,
porque eres rosa, por tus lágrimas en mí.
Porque te siento conmigo
y en mí tengo ya contigo
consuelo y manantial.

Porque te sigo y te amo
como a caricia del alma que te digo,
como a lluvia del alma que te llamo.

Si te digo multitud que se funde
y en una sola alma se confunde y se mueve
y te venera en la mañana agosteña más de vera
que se vive y se respira.

Si te digo Rocío, y aliento y jardín de gloria
y oración de colores.
Si te digo humanidad sufrida a alegrada por ti.
Porque te siguen y aman
como a caricia del alma que te llaman.

Y con tanto llamarte y recordarte,
decirte y renombrarte,
te clava Sevilla en su vida,
en su muerte y en su suerte,
y en su sangre va tu nombre
como corriente de vida
sin temer por ti a la muerte.
Si te digo que eres vida…
¿A qué humanidad no obligo?

Si te digo que te siguen por las calles
con el alma de rodillas
y te ofrendan con la risa y con la pena
la flor de su suerte y vida;
no te digo ni te obligo a perdonarnos
sino a querernos y amarnos,
porque somos de tus lágrimas y amor
y testigo de tu llanto,
señal de corredención.
Si te digo que en Sevilla
no nos importa morir por ti,
mi alma está de testigo.

Si te digo que te amamos
por tus hermandades y fe.
Por creer en tus dogmas virginales.
Por la Pasión de mi Dios
en las calles del azahar.
Por alcanzar las emociones
que en las devociones de mi tierra,
saben vivir y sentir los corazones.
Por el encanto que mana
el consuelo de tu llanto
o la alegría de tu encanto
cuando la voz de tu copla
la lanza el pueblo por ti.

Si te digo que te amamos porque así se ha mantenido
en los muertos y en los vivos…
¿A qué Sevilla no obligo?

Si te digo inmensidad.
Y sol más bello que el sol
y más que la luna y una a una
las estrellas infinitas las junto
para tu corona y encanto.

Si te digo espacio de salvación
y hermoso cielo verde a tus ojos
a tus manos y al encanto infinito de tu Hijo…
¿A qué universo no obligo?

Si te digo mujer que amparas y salva.
Y gozo del pueblo y escudo que defiende
y que conserva la fe.
Si te digo esperanza, azucena de la vida,
asidero tranquilo de eternidades y entusiasmo
y guardadora de este valle sevillano.
De esta Sevilla tendida a la gracia del sol.
De una Sevilla herida que acaricia.
De Sevilla que porfía con la voz de su oración,
blanca en la cal del reposo y reflejada
en la alta belleza del campo y del cielo.

Si te digo, Virgen de los Reyes,
Inmaculada María,
Rocío del Cielo y Esperanza nuestra y alegría,
quiero decirte Madre de Dios, y salvación y Señora.

Quiero decirte, Madre y abogada,
Madre sentida, Madre pura, Reina tría,
Madre y Reina, anhelada, venerada,
querida y festejada.
Envidiada y dignificada y sentada
en el mismo trono de Dios.
Porque ni santos, ni santas, ni arcángeles
ni nada igual te pudieron igualar,
ni en rezos, ni en poderes, ni en santidad,
ni en belleza ni en amor.
Virgen preciosa, gloriosa y sevillana.
Sevilla de corazón, por ti es mariana.

Virgen María, sangre de Dios,
clava con gracia divina,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos,
sobre Sevilla tu amor.

Porque en Sevilla sentimos
por lo mucho que creemos,
que en el momento supremo
porque supimos amar,
bajo su manto al andar,
la Virgen nos lleva el alma
y por los cielos en calma comprendemos,
que morir, es despertar.

HE DICHO.