Compañia de Jesús

La Compañía de Jesús nació en 1540, en un momento histórico en el que se estaba produciendo una profunda renovación de la espiritualidad. La Compañía apareció gracias a la iniciativa de Ignacio López, nacido en Loyola (Guipúzcoa) en 1491.

San Ignacio de Loyola recibió una educación pobre y elemental, con una base religiosa sólida, tuvo una intensa actividad tanto militar como cortesana.

En 1521 cambió radicalmente de vida. Tras ser herido en el sitio de Pamplona por las tropas francesas, tuvo que guardar una penosa y larga convalecencia, durante la cual tuvo la oportunidad de leer la “Flos Sanctorum”, la “Vita Christi” y el “De imitatione Christi”.

A mediados de 1522 peregrinó a Montserrat, intercambió sus ropas con un mendigo y se hizo anacoreta. Tras un tiempo, marchó a Manresa, donde se dedicó a la caridad, la oración y la mortificación física en el interior de la cueva de San Ignacio en Manresa, marchando dos años después a Jerusalén.

En 1527 se matriculó en la Universidad de Alcalá de Henares. Viajó y permaneció en París entre 1528 y 1535 y se matriculó en la Sorbona, en la que se convirtió en un declarado papista. En París perfiló lo que iba a ser la Compañía de Jesús.

La institucionalización de la nueva orden se produjo en 1540, cuando Paulo III la aprobó por medio de la bula Regimini militantes ecclesias. Sus constituciones la dotaron de un grado de modernidad que la diferenciaba claramente del resto de las órdenes de la época. Desde un primer momento destacó por su carácter plenamente renacentista. La Compañía se caracterizó especialmente por su obediencia absoluta al papa. Asimismo, adaptó el sentido monástico a la necesidad de movilidad del apostolado en un mundo en constante cambio.

A la muerte de San Ignacio, en 1556, los miembros de la Compañía ya ascendían a más de un millar, y sus casas, más de cien, se repartían por doce provincias. En 1615, el número de jesuitas alcanzó la cifra de 13.000, y había establecimientos en Francia, Portugal, Flandes, Polonia, Italia, España y América.

En 1767, los jesuitas fueron acusados de servir a la curia romana en detrimento de las prerrogativas regias, de fomentar las doctrinas probabilistas, de simpatizar con la teoría del regicidio, de haber promovido el motin de Esquilache y de defender el laxismo en sus Colegios y Universidades. En la madrugada del 2 de abril de 1767, Carlos III expulsó a todos los jesuitas que habitaban en sus dominios. Previamente habían sido expulsados de Portugal en 1759 y de Francia en 1764. Finalmente el Papa Clemente XIV disolvió la Orden de los Jesuitas en 1773.