Vivencias de hermanos: Nicolás Delgado Rodríguez

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Primera protestación de Fe junto a mi padre Rafael Delgado Artigas

ALGUNOS RECUERDOS DE UN HERMANO

Escribo este pequeño artículo, aprovechando la invitación que desde la página Web se nos hace a todos los hermanos para que compartamos con los demás nuestra trayectoria personal en relación con la Hermandad, reforzando así entre todos, nuestra memoria colectiva, con experiencias, recuerdos, imágenes, etc.

Antes de nada, conviene recordar que la memoria con el paso de los años suele mermar; pero sucede con más frecuencia que se deforma, por lo cual, lo que aquí yo diga, está sujeto a matizaciones, puntualizaciones, precisiones e incluso a que me sea rebatido, cosa que desde el principio asumo.

Es evidente que en mi caso, como en el de muchos hermanos, no me es posible decir mucho ni poco sobre los motivos que me llevaron a la Hermandad, cosa que sí podría decir al referirme a otras a las que pertenezco, o que pueden decir otros hermanos sobre la nuestra.

En la fecha de mi incorporación a la Hermandad del Valle consta que yo entonces tenía doce días de vida, porque en mi casa y en mi familia, como en otras de la Hermandad, el pertenecer a ella no es una opción. Si estuviéramos hablando de coches, diríamos que los Delgado, traemos el ser hermanos del Valle, de “serie”.

Podría compartir recuerdos y experiencias más recientes con todos los hermanos, como pueden ser recientes salidas, la Coronación Canónica de la Virgen, o el Viernes de Dolores pasado; pero prefiero referirme a momentos y vivencias que pasaron hace más tiempo para provocar, como decía antes, que otros hermanos completen en la medida de lo posible o de lo que deseen, esos recuerdos y esas vivencias, para conocimiento de los más jóvenes o no tan jóvenes; pero incorporados a nuestra Hermandad más recientemente. Por tanto, los voy a dejar solamente enunciados.

Recuerdo desde muy niño, imágenes y nombres de aquellos señores, he empleado el término con visión infantil, pero es que ciertamente lo eran, que frecuentaban la Hermandad entonces, cuando aún estábamos en lo que todos conocíamos como “el Ángel”. Hermanos de porte, para mí impresionante, como don Miguel García Bravo-Ferrer, don Mariano Pardo Manrique, don Jaime Arráez, Padura, Almeida, Medina, mi propio abuelo, Antonio, y otros cuyos nombres o apellidos no me vienen ahora a la memoria.

Soy una persona de impresiones; pero es que además, a un niño se le quedan aún más claras que a los adultos y aún tengo impreso el olor del llamado “cuarto de la cera”, al que me gustaba subir porque me olía a proximidad de cultos o a Semana Santa. Se trataba de una pequeña dependencia que se encontraba en el hueco de una escalera que subía a la primera planta del convento y donde estaban colgados de sus pabilos, en unas maderas con puntillas, una gran cantidad de cirios de color tiniebla, otro color no recuerdo.

También recuerdo, como todo el que pertenece a nuestra Hermandad, los Viernes de Dolores que aparte de las diferencias litúrgicas canónicas que todo el mundo conoce con respecto a los de hoy en día, tenían otra liturgia menor como eran los desayunos durante el parón, o acompañado de un gran amigo de mi padre, Antonio García, ir a la calle Sierpes a limpiarnos unos zapatos, ya de por sí lustrosos, y en algunos casos de estreno.

Otra cosa que recuerdo, es que dadas las facilidades que daban en el Ángel en aquél momento, era una escena, espero que irrepetible, la entrada en la iglesia al término de la Función Principal del Viernes de Dolores, de la parihuela del tercer paso (los otros dos entraban el Domingo de Ramos) lo que provocaba que los priostes y todos los que con ellos colaboraban, vieran las demás cofradías a salto de mata y pasaran las madrugadas enteras fundiendo.

 A mi memoria viene un despertar en una mañana clara, que podría ser Martes o Miércoles Santo, y encontrarme en el comedor de casa a los jóvenes de entonces, Enrique Bécquer, Joaquín Bilbao y mis dos hermanos, capitaneados por mi padre que a la sazón era Prioste 1º, y su inseparable Fernando Duque, que miraba la escena riéndose con su sempiterno cigarro en las manos, desayunando como leones, cuando habían terminado el fundido…¡huevos fritos con patatas!

Recuerdo ahora una anécdota que me contó mi padre, aunque no pongo en pie si le sucedió a él o si se la había contado otro hermano. Sucedió ya en la Anunciación.

Un día, el hermano en cuestión entró en la iglesia a una hora en que no había misas y por tanto, había muy poca gente. Al entrar, reparó en que delante del romano, malo malísimo, que pone todo su esfuerzo y su interés, en clavar con saña la corona de espinas en la bendita cabeza de nuestro Sagrado Titular, había una mujer anciana de rodillas.

Nuestro hermano, puede que fuera mi propio padre, se acercó y con todo respeto preguntó: — Señora, ¿qué hace?

La respuesta no le dejó lugar a dudas: — ¿Po que voy a hacer? Rezarle a San Sebastián.

¡Y es que cinco siglos de historia dan para mucho!

Nicolás Delgado Rodríguez. Noviembre 2015.