Vivencias de hermanos: Kevin Guzmán Byrne

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Es muy difícil lo que se me pide para este artículo: hablar de mis vivencias en la Hermandad… son tantas las cosas que se vienen a la cabeza que no sé cómo hacerlo. ¿Escribo de cuando hemos disfrutado como el mejor grupo de amigos o de las largas noches de duro trabajo?¿De las muchas veces que tuve el privilegio de abrazar a Nuestra Madre para trasladarla en el recogimiento de la Iglesia o del orgullo de poner las flores a su Paso para el Jueves Santo?¿Del honor de servir a su Cofradía en la calle como acólito o diputado o del íntimo de haber sido camarero del Stmo. Cristo de la Coronación? ¿De los abrazos emocionados el Viernes de Dolores o de los momentos de enfado y discusión, que también los hay?

Así que, he elegido un momento, una noche para ser exacto. Una noche en cuyo recuerdo se concentra, para mi, todo lo que es y todo lo que debe ser nuestra Hermandad. Se trata de la noche del 2 al 3 de noviembre de 2002, la noche previa a la procesión de vuelta a la Anunciación de la Stma. Virgen tras su emocionante coronación el día antes.

Estábamos en la Catedral, en aquella capilla en la que durante una semana varales, candelería, caídas, palio… habían esperado ansiosos el regreso de la Virgen del Valle que a sólo unos metros de allí había sido coronada. Al día siguiente volvería triunfal a su casa rodeada del cariño de miles de sevillanos y tocaba trabajar bien duro para que aquellas astromelias (que quedarían ya para siempre grabadas en la idiosincrasia vallesiana) remataran el tesoro de su Paso para tan singular ocasión. Y lo que se presentaba como una noche muy dura de trabajo, fue una noche hermosa, mágica e inolvidable para todos a los que se nos concedió la gracia de vivirla.

“Hermandad” se hizo aquella noche sinónimo de “familia”: familia reunida como en las grandes ocasiones. Allí estaba “el abuelo”, nuestro entrañable e inolvidable Hermano Mayor, que embelesado contemplaba desde su silla y se retiró “tempranito” dándonos, emocionado, las gracias con un “que Ella os bendiga“. También “la abuela”, siempre con la costura pendiente de todos nuestros detallitos. Por allí estaban los más jóvenes con sus travesuras y juegos, controlados por el “tío saborío” que les reñía no fueran a romper algo. Estaban los hermanos que trabajaban sin descanso como muchos se afanan en la cocina en las grandes celebraciones familiares y también estaban los que se escabullían de cada encargo con el mismo arte que lo hacen los que saben en familia. No faltaban los que sabían de todo como cualquier cuñado que se precie ni por supuesto quien realmente sabía y obró el prodigio de reunir tanta belleza. Estaban los “políticos” que quedaron prendados para siempre de lo que allí vieron y vivieron. Estuvo el que trabajaba infatigable e, ignorado, pedía ayuda (“Señores, ¿quien me ayuda con los blandones?“). Incluso estuvo el familiar que vive lejos y que volvía a casa para la ocasión. Y, por supuesto, allí estaba Nuestra Madre que nos reunía a su alrededor, centro de las devociones y del amor que nos congregaba.

Lo realmente hermoso de aquella noche no fue el intenso trabajo que se hizo, fue la naturalidad con que todo el mundo fue acogido tal y como es, con sus virtudes y con sus defectos, con sus escaqueos y sus responsabilidades. Lo realmente hermoso de aquella noche no fue lo maravillosamente bello que quedó Su paso, fue la comodidad con la que todos disfrutamos de las horas vividas, como en casa, como cuando uno disfruta en familia, sin temores, sin miramientos, siendo uno mismo porque sabe que los demás lo aceptan y quieren así. Lo realmente hermoso de aquella noche no fue que lo pasáramos en grande, fue que verdaderamente nos sentimos todos hermanos e hijos de una misma Madre.

Así entiendo yo mi Hermandad del Valle, así la he conocido y así la he vivido, como una verdadera segunda familia en la que me encuentro tan cómodo y querido como en la mía propia y en la que siento que tengo que hacer que cada uno se encuentre tan cómodo y querido como en la suya propia. Esto es lo que da sentido a tanta belleza y plasticidad como atesora nuestra Archicofradía y lo que hace que sea una Hermandad y no una simple colección de bellas costumbres, tradiciones y obras de arte.

No tengo el privilegio de ser hermano de “nacimiento”, fue una opción personal, ya casi adulto, la de ser hermano. Sin embargo, muchas veces pienso que es mejor así, porque ello me permite valorar como absolutamente extraordinario lo que, los que lo son, ven y sienten como normal. Y no es normal, es extraordinario.

Kevin Guzmán Byrne. Noviembre de 2015.

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